Liliana Celiz
 
 
Jorge Requena
 
¿De dónde vienes de mirar tus ojos padre? (fragmentos)
 
Roberto Ferro
 

El pasado, la luz, la mirada

por Roberto Ferro

Del Primer poema de ¿De dónde vienes de mirar tus ojos padre? la primera línea: Era la antorcha luz más cálida en noviembre. La escritura, la luz, la desaparición, el es fin de retorno, el número innombrable, son citas que no describen la línea de una relación simple entre dos textos...

 

Del primer poema de ¿De dónde vienes de mirar tus ojos padre?, la primera línea:

Era la antorcha luz más cálida en noviembre

La escritura, la luz, la desaparición, el fin de retorno, el número innombrable, son citas que no describen la línea de una relación simple entre dos textos o la consumación de un fuego que irremediablemente se ha consumado, más bien arrastran la mirada del lector a la pregunta sobre el destino del lector a la pregunta sobre el destino del padre. La antorcha no es entonces un punto fijo ni siquiera es una única movilidad, su luz consiste en la multiplicidad de la constelación. El ojo que lee no se mantiene entonces en el marco de esta hoja de papel, el ojo que lee debe viajar en el espacio y en el tiempo entrelazándose en múltiples remisiones para errar entre restos de olvidos, fragmentos de vida, en un vaivén en el que el tiempo siempre está en la otra orilla.

Este conjunto de poemas vacío de claves no esconde sin embargo, ningún secreto. Nada, en suma, para descifrar más que lo que la suma es. Nada en la cama azul. Nada detrás de y el pie izquierdo se hizo mano y no volaba. Nada en los sólidos pedazos de su carne. La búsqueda obsesiva de una clave que facilite el sentido no es más que un espejismo en estos poemas. Falsa salida a pérdida de vista. La antorcha está puesta en la entrada para cegar los juegos fáciles de la repetición y la costumbre.
La luz en el principio es fuego, acaso luminosidad del fuego, pero la luz no se dice esa imagen un intrincado aluvión de significados y alusiones (la pasión, el carácter sagrado, la inquisición, el pecado, el lugar desde el cual parten los pensamientos, el incesto, la cadena es interminable). La antorcha, digo mientras escribo mi lectura, que señala el camino que abre el texto en dos hacia el vacío de la anterioridad y hacia el derrumbamiento de la palabra, puede ser pensado como una cifra en la que la palabra poética se desconstruye y se retuerce sobre si mismo constituyéndose simplemente en el objeto principal del sentido si no instalándose en entredicho con el pensamiento mismo. El interrogante, el enigma acerca del lugar que han visto los ojos del padre, marcan que dicho rombo es conocido es insistentemente aludido como un regreso, una nueva ascensión hacia el origen de la palabra, hacia un sustrato sumergido de mitos y símbolos. La antorcha – no me animo a llamarla alegoría – podría ser leída como lo que revela lo escondido, la luz que se remonta a escenas arcaicas en la que el padre es un extranjero, el despertar es la exhibición desaforada y agónica del encuentro irremediable entre la luz y la oscuridad y en las que la tierra es apenas una llamada.

Sin embargo aun cuando entrevemos en la antorcha este trasfondo en el que se profiere un momento iniciático la peculiaridad de la inscripción que Liliana Céliz aborda parece coincidir con el regreso de las voces múltiples y he aquí la contradicción poética, ya que, todo regreso implica una impertinencia alegórica puesto que es al mismo tiempo una partida, un volver a escalar el futuro y un volver atrás desde donde ya estamos. Lo que los poemas despliegan es un tratar de invertir el curso de las palabras de inscribir una fractura del sentido de la dirección temporal. Dan a leer un salto hacia un sitio otro del pensamiento tallando la voz en la superficie en las antiguas imágenes, produciendo en ellas un cierto desorden, la puesta en suspenso del significado habitual. El lector tiene vedado el recurso a las simples analogías u oposiciones; cada palabra se carga de múltiples sentidos entrecruzados y hasta equívocos, contradictorios hasta lo paradójico. La antorcha no será simplemente opuesta a oscuridad y no será una luz apenas.

 

 
¿De dónde vienes de mirar tus ojos padre? (fragmentos)
 
 

Las vajillas veloces de la pelvis
mi padre no tenía ¿Qué es eso,
eso, eso, qué es eso que se tiene y no se dice?
se maldice y qué mi padre ha dado a luz
a sus cuchillos en rompimiento fugaz
del calzoncillo sordo del mayor
(el rifle mata)
y qué mis adulterios de mi padre,
 

 

 

 

Las vajillas veloces de la pelvis
mi padre no tenía ¿Qué es eso,
eso, eso, qué es eso que se tiene y no se dice?
se maldice y qué mi padre ha dado a luz
a sus cuchillos en rompimiento fugaz
del calzoncillo sordo del mayor
(el rifle mata)
y qué mis adulterios de mi padre,
los sólidos pedazos de su carne
entre los frutos más jugosos de los platos
/nuestros,
darán sus nombres de a patadas, por lo único
mujer de que se existe
y dónde mi rincón a cuestas, mi escondite
y dónde el lagrimal que salta, desorbita.
Los álgidos terruños de la ausencia
y dónde mi escuadrón de los muertitos
y el ángel que la guarda pone y no se ve
y te irrita ¿Qué guarda? ¿Qué guardita?
y qué la gente ríe padre, ríe y de qué ríe
¿La gente de mi padre ríe?
yo escucho su angulón serrucho
y el miedo me tapona la tablita
de mi mini mini mini pollerita,
porque él llora
y la gota existencial de sus ausencias lo devora
y yo qué hago, yo qué hice
si yo sólo solamente mento quise
articular el movimiento al infinito/
río de mi sexo
en seculares ondas padre, padrecito
y lo cito es lo no existo
en el plano más carnal de la existencia,
la no esencia.

 

¿De dónde vienes de mirar tus ojos padre?
¿Algún cajón, cazar de los palomos?
¿Algún bruñir del día en que alumbraste,
desde el centro más sonoro de tu sangre
la mía propia padre?



la han anclado, sellado nuestros cuerpos
en que te di mi nombre por tu firma,
en un alcohol de orinas sangre padre
un don de tus sopapas manos ¿Lo dijiste?
tus traspieces
retoñando a tumba nuestros cuerpos
y de la mano misma de mi nombre
se me saltó, salpicoteó de rojo en iras
padre ¿De tu ausencia?



¿y cuándo tus arpegios mansos
en el doblez del patio, de tu esquina?
¿Y cuándo el salpicón de carne, de mi carne
de entre tus furias manos los latidos?
¿Y mis ojos borrachos, tus muñecos apiñados
lado a lado por la paz-frecuencia paz
de la caricia?
¿Lo solo de la voz, lo sentimiento?
 

 

 

 
 
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