Liliana Celiz
 
 
Jorge Requena
 
Del traje de eva y su manzana
 
Roberto Ferro
 

Una niña (¿mi pupila?) juegaen los bordes del mar con un poema

por Roberto Ferro

Un poema no es un poema si no permanece oculto a la primera mirada, al primer intento de imposición de las reglas de juego que procesarán sus imágenes. Un poema, digo algo más que una diagramación tipográfica, digo y creo algo más que la reunión más o menos ordenada de un grupo de palabras en el blanco...

 

Un poema no es un poema si no permanece oculto a la primera mirada, al primer intento de imposición de las reglas de juego que procesarán sus imágenes. Un poema, digo algo más que una diagramación tipográfica, digo y creo algo más que la reunión más o menos ordenada de un grupo de palabras en el blanco de la página, un poema como exceso conserva un resto imperceptible. No es que haya un juego obligado por el cual un enigma que las líneas encierran debe permanecer intangible, sino que un poema para poder ser leído debe emerger en un horizonte de ilegibilidad.

El poema es un devenir. En del traje de Eva y su manzana ese devenir ocurre en los bordes del lenguaje.

Encontrar el sentido, poder decir qué quiere decir el poema, es la cifra inaudita de la imposibilidad de la poesía. El ocultamiento que el texto trama con la mirada que lo penetra puede en todo caso devanar el devenir mientras se rehace/deshace la tela extendida. La tela que envuelve la tela. Retejiendo/destejiendo la huella instalada, movida en cada gesto de lectura.
Reservando perpetuamente una sorpresa al diestro taxonomista, que aburrido clasifica sin vicios las palabras.

De aquella unión en la que estábamos
despierto
mi cuerpo solo de mujer
su movimiento
y la cabeza en un despliegue de costados
el ave negra que vendrá
no he sido.


Sorpresa para toda crítica que cree poder dominar el juego, instaurar la ardua vigilancia y el rígido control en todas sus figuraciones, engañándose así al querer leer el poema sin tocarlo, sin posar la mirada sobre el cuerpo de la letra, sin arriesgarse a añadir nada a él, descartando la única posibilidad de entrar en el sentido. Añadir es sinónimo de leer. El que lee debe ser capaz de bordar en los bordes, si en algún lugar el poema y la mirada se tocan ese encuentro no señala ni la confusión indiferenciada ni la imposición meretriz.

El código que dieron
y la invasión
quién lame a puerta abierta?
el ancho del susurro
y quien somete
la leche que emanabas


Cada uno puede imaginar su propia infancia como un algo antes incontaminado; lo puede hacer porque alguna certeza legítima lo sostiene. Así es, en efecto, cada uno de nosotros puede revivir la infancia como la figura de un lugar inmaculado al que la memoria regresa. El exceso de los textos de Liliana Celiz supone un desafío, nos comprometen a leer la infancia como un porvenir y no una forma de regreso, no como un bucle hacia atrás que perpetuamente cierra, sino como una intensificación de planos que jamás se intersectan.

Del traje de Eva y su manzana trastorna la insistente repetición de figurar el devenir como un continuo que siempre va hacia delante. Sus poemas desmontan el supuesto de la totalidad y se escriben en la lengua del fragmento, lengua que dice la imposibilidad de concebir la unidad como deseo último del sentido; fragmentos que se tejen en los intersticios de la lengua, en el balbuceo inasible de lo no dicho todavía, en el advenir del pasado.

La tela del traje se tiende más allá de los bordes, después de la caída, antes de la memoria, en la íntima conjura del ojo que lee y el trazo que retorna. La mirada de juega a tantear el borde, abomina de las repeticiones, se inserta en la marea, vuelve a recomenzar el juego, en el borde mismo del lenguaje; una vez más ha quedado el texto abierto a la lectura.

Buenos Aires, Coghlan, abril de 1997.

 
Del traje de eva y su manzana
 
 

Arenas. Todas las lluvias gruesas son del aire
y no hay vestidos,
las hojas son los arcos de los pechos
y todo el tiempo fue de transparencias,
sólo los peces brillan tras el agua

 

 

 

Al verdadero país de sombras húmedas
mañana
y te andarás despacio caminando
es cada cosa fuera de su sitio
impregnación azul de los objetos
todo será durmiendo mientras tanto
la luz que cae oblicua
tu pupila

 

 

 

 De plumas verdes,
los árboles crecían tras la cerca
y el pasto era el color del cielo,
sin raíces.

 

 

 

Arcas negras.
Él estuvo aquí, acaba de irse
millones de años antes
reverdecer sanguíneo de desgracia,
en rito de agua tibia
último lápiz.

 

 

 

Las diez cabezas del hada por el piso,
abofeteada
anclada en el rincón de máquinas,
puesta a cuerda
que no hubo pasto afín que la acaricie.

 

 

 

Ya nunca más
los que molíamos azúcar
y el devenir
del oso y los desiertos
dientes
hallaron su guarida
y nuestras carnes
chorreando últimamente.

 

 

 

El código que dieron
y la invasión
quién lame a puerta abierta?
el ancho del susurro
y quien somete
la leche que emanabas.

 

 

 

De aquella unión en la que estábamos
despierto
mi cuerpo solo de mujer
su movimiento
y la cabeza en un despliegue de costados
el ave negra que vendrá
no he sido.

 

 

 

Abrieron de las manos y han clavado
y del preciso ser de la palabra
que gritamos
dejábanse llorar las pobres bestias
los matinales aros del color
y repartidos
se han derramado así, dejadamente
y estábamos a solas
el ruido de la sal que nos caía.

 

 

 

Desde el puñal que evoco
tu sonrisa
él duerme
los cuentos que le diste se abren eco
el Robin Hood doblaba nuestra esquina
muerto
la mansedumbre que crecía cuervos.

 

 

 

Y quién lo hubiese dicho, el aire es tóxico,
de haberlo asegurado la llamaba
ahora se hizo luz, la llevan cuatro
el pecho desteñido en la mortaja,
si así no fuera
le hubieran destinado el paso doble
y de hamacarse el ala de su gata,
pero es noche,
los chicos juegan siempre aquí a la puerta
y nunca detonaron las campanas.

 

 

 

 

 ¿Cuándo
se deja de morir el hombre?
ahora que le ladra el pecho
hizo venir su sangre a detenerlo
traerlo del jazmín que se emanaba
triste
de la tristeza habida en quien no fuiste.

 

 

 

Costumbres bajas,
debajo de papeles se desboca
y no poderse dar de frente hacia la puerta,
pestañearse, la única ilusión en cautiverio
correr, depositarse, acometerse a la deriva de hoja
cuando el otoño desmantela,
época triste, tras la tristeza básica que existe.

 

 

 
 
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